Diario Patria
MEMORIA DEL TEORRISMO

Víctima de ETA: «Txema tenía un sexto sentido que evitó una catástrofe»


De haberlo logrado, habría sido uno de los atentados con mayor repercusión de la historia de ETA. Al ertzaina Txema Aguirre le costó la vida pero, de no haberse interpuesto en los macabros planes de la banda, la inauguración del Guggenheim hace 25 años se podría haber convertido en «una catástrofe». «En el lugar donde habían colocado las granadas iban a estar cinco días después la flor y nata de la política. El Rey, el presidente del Gobierno, el lehendakari y muchas autoridades. Nunca sabremos qué habría pasado exactamente pero habría sido una catástrofe». Lo dicen Alfonso Setiey, Juan Carlos Velasco y Daniel Palacio, tres de los siete ertzainas que compartían grupo -una subsección el grupo 2- con Txema Aguirre y que eran «mucho más sus amigos que sus compañeros».

Parrilladas en Artzentales, pucheras en casa de uno o del otro, paseos por el monte con el cuñado de Txema, planes con los hijos, unas alubias preparadas por uno de los muchos cocinillas de la cuadrilla… Días de risas y de vinos que retratan a un grupo donde a Txema le apodaban ‘El brujo’. «Era alguien especial. Tenía un sexto sentido. Alfonso solía decirle que, como era cazador, había heredado el olfato de sus perros. Había trabajado de ‘askatu’ -paisano- en ‘Drogas’. Tenía un talento especial para detectar que algo no cuadraba. Se daba cuenta de lo que otros no», recuerda Juan Carlos Velasco. Aquel día de octubre de hace 25 años, custodiando el Guggenheim a cinco días de su gran inauguración, sus ojos despiertos se posaron en dos hombres que descargaban una jardinera a pulso. Pidió a su compañero Raúl que comprobara la matrícula. Algo fallaba.

Eneko Gogeaskoetxea, Kepa Arronategi y un tercer etarra que nunca fue identificado acababan de llegar con una jardinera -cambiaron el hormigón por un material duro de aspecto muy similar y menos pesado- donde habían escondido doce lanzagranadas que podían activarse por control remoto. Querían situarla en la zona donde estaba previsto que posaran los Reyes de España, Don Juan Carlos y Doña Sofía, el presidente del Gobierno, José María Aznar, el lehendakari, José Antonio Ardanza y el alcalde, Josu Ortuondo, entre otras autoridades.

«Txema tenía un olfato especial para detectar que algo fallaba. Nunca se podrá agradecer a todos los que salvó aquel día»

Juan Carlos Velasco

Ertzaina y amigo de Txema

Aguirre comprobó que aquella furgoneta no estaba entre las autorizadas y pidió a sus ocupantes la documentación. «Llevaban un permiso con el sello del Ayuntamiento», recuerdan sus compañeros. La centralita de la Ertzaintza le confirmó que el vehículo había sido robado días antes. Al verse descubierto, Gogeaskoetxea disparó a Aguirre. Como el resto de ertzainas, no llevaba chaleco antibalas. «Pese a las veces que lo habíamos pedido», lamentan. Fue trasladado al hospital aún con vida e intervenido de urgencia. Murió un día después. Estaba casado, tenía 35 años y un hijo de 9.

Alfonso Setiey estaba trabajando en la Audiencia y conoció la noticia por la emisora. Juan Carlos Velasco salió a la carrera con su patrulla, rotativos encendidos, y chocaron contra un taxi en el centro de Bilbao. En la explanada del Guggenheim, varios ciudadanos indicaban a los agentes que llegaban por dónde habían huido los etarras. La Policía Municipal detuvo a uno de los etarras, otro fue arrestado meses después. El tercero escapó.

«Tanto Maite -la viuda de Aguirre- como nosotros no queríamos que aquello se politizara. Pedimos portar el féretro y querían otra cosa. Pero su mujer le echó narices y se impuso»

Alfonso Setiey

Ertzaina y amigo de Txema

Los tres ertzainas se dirigieron inmediatamente al hospital para acompañar a Maite, su mujer. «Nos sorprendió que llegó primero un comandante del Ejército y a falta de una autoridad mayor, como estábamos de uniforme, se puso a nuestras órdenes para lo que hiciera falta», agradece Juan Carlos Velasco. «Las noticias eran muy confusas al principio pero pronto se supo que estaba muy mal, que no había nada que hacer», se duele Daniel Palacio. Alfonso Setiey detalla que «nos preparamos para lo peor. Tanto Maite como nosotros no queríamos que aquello se politizara. Pedimos portar el féretro, cuando tenían otra historia pensada. Pero Maite le echó narices y se impuso. Lo pudimos hacer». Hubo compañeros de comisaría que quitaron sus libranzas para que ellos pudieran estar juntos. Llegó el momento de contárselo a los hijos de aquel grupo. Un mal trago para los pequeños, que pensaban en el hijo de Txema. «Era un padrazo», coinciden.

Le velaron en el patio de la comisaría de Deusto y fue enterrado en Zalla. Aquel asesinato indignó a la ciudadanía, que se volcó. «Vino mucha gente a Zalla, de toda Bizkaia y otros puntos de Euskadi. Se cortaron las carreteras de acceso porque no cabían más», recuerda Alfonso Setiey. «Acudieron mandos de la Policía Nacional, la Guardia Civil y el Ejército. Al margen de las historias de altos mandos, todas las policías siempre nos hemos llevado bien».

«Las nuevas promociones no saben quién fue Txema. Las víctimas tienen nombre y queremos que se conozcan»

Daniel Palacio

Ertzaina y amigo de Txema

Homenaje

Alguno de estos matrimonios tardó «unos 20 años» en pisar el Guggenheim. Dolía. Habían muerto otros ertzainas y Aguirre no fue el último. «Los protocolos no cambiaron. Nosotros no creo que tuviéramos más miedo». Estaban acostumbrados. «En 2004 nos llegó la carta a la mayoría de que estábamos en los seguimientos de ETA», recuerdan. A los hijos no se lo contaron.

Mañana a las 12.30 horas se reunirán otra vez en la explanada, junto a una placa que «está bastante escondida». Julio Rivero, presidente de la asociación de ertzainas Mila Esker, celebra que «tras dos años en que venimos haciendo actividades en memoria de nuestros compañeros, por fin lo hagamos todos juntos: el Gobierno vasco, la jefatura de los ertzainas y toda la representación sindical. Hay que mostrarles la gratitud y el cariño que merecen». Antes sólo se hacía un homenaje anual a todos en Arkaute. Mila Esker les otorga una medalla y un diploma. Daniel Palacio cuenta que «las nuevas promociones no saben ni quién fue Txema Aguirre, ni lo que hemos sufrido. Las víctimas tienen nombre y apellidos y queremos que se conozcan».

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